Ciencia

Cómo encontrar hielo lunar: los moonquakes como detectores

Un equipo de científicos propone usar ondas sísmicas generadas por temblores lunares para localizar depósitos de hielo subterráneo en la Luna, un recurso clave para futuras misiones como Artemis.

Publicado el 16 de agosto de 2026, 19:42 hs

Cómo encontrar hielo lunar: los moonquakes como detectores
Universe Today

Un grupo de geólogos de la Universidad de Maryland, el Lawrence Berkeley National Laboratory y la Universidad de Hawai'i publicó un estudio que explora cómo las ondas sísmicas de los moonquakes pueden servir para mapear hielo oculto en el regolito lunar.

El hallazgo es relevante porque el agua congelada no se ve fácilmente en fotos. Se necesita una forma de “ver” debajo de la superficie polvorienta. Las ondas sísmicas cambian de velocidad y rebotan de manera distinta cuando pasan por hielo en comparación con polvo o roca seca. Según el paper, las ondas viajan entre dos y tres veces más rápido a través de zonas con hielo.

Nicholas Schmerr, de la Universidad de Maryland y coautor del estudio, explicó que identificar estos recursos es fundamental para las misiones Artemis. “Es crucial identificar cualquier material en la Luna que un astronauta pueda usar mientras está allá arriba”, dijo Schmerr (Universe Today, 11 de agosto de 2026).

El hielo lunar serviría para obtener agua potable, oxígeno y hasta combustible para cohetes. Traer todo desde la Tierra es caro y pesado; usar lo que ya está ahí reduce costos y abre la puerta a estancias más largas.

El equipo probó tres enfoques. Primero, tomaron roca volcánica de Arizona que, al triturarla, imita el polvo lunar. La congelaron, agregaron agua y la analizaron con tomografía de rayos X. El hielo actúa como cemento entre los granos de polvo. Después usaron modelos de temperatura de las regiones polares, donde el hielo podría permanecer intacto durante miles de millones de años. Por último, simularon moonquakes para ver cómo interactuarían las ondas con depósitos subterráneos.

Los tres métodos dejaron señales claras de presencia de hielo. Los investigadores sugieren ahora ampliar los estudios con más análogos de regolito, mejorar los modelos topográficos lunares y refinar las simulaciones sísmicas.

La evidencia acumulada viene de varias fuentes: muestras de las misiones Apollo, datos de la sonda china Chang’e-5, observaciones del telescopio SOFIA y las imágenes detalladas de la misión Chandrayaan de la India (ISRO). Se estima que el suelo lunar contiene entre 100 y 400 miligramos de agua por gramo de suelo, aunque todavía falta mapear depósitos que sean viables para extraer a escala industrial.

Para la Argentina y América Latina este avance tiene dos lecturas concretas. Por un lado, países como la Argentina que participan en proyectos espaciales regionales (a través de la CONAE y colaboraciones con la NASA y la Agencia Espacial Europea) pueden seguir de cerca estas técnicas sísmicas. Instrumentos similares podrían probarse en misiones futuras o en analogos terrestres en la Patagonia o la Puna, donde hay terrenos volcánicos y fríos que imitan condiciones lunares.

Por otro lado, cualquier avance que baje el costo de las misiones tripuladas a la Luna termina beneficiando a la región: más datos abiertos, posible participación de ingenieros y científicos locales en análisis sísmicos, y un ejemplo concreto de cómo la ciencia básica puede traducirse en recursos para exploración espacial sostenible.

La próxima oportunidad práctica llega pronto. La misión china Chang’e-7, prevista para finales de esta década, llevará un sismómetro a la zona del cráter Shackleton. En 2028, la misión Artemis también planea instalar una estación de monitoreo ambiental lunar capaz de registrar moonquakes. Esos datos permitirán poner a prueba el método propuesto por el equipo de Schmerr y Lisabeth.

Mientras tanto, el estudio deja claro que el hielo lunar no es solo un recurso logístico: también es una cápsula del tiempo del Sistema Solar temprano. Analizarlo podría ayudar a entender cómo llegó el agua a la Tierra y cómo se formaron los océanos.

El paper completo fue publicado por Harrison Lisabeth (Lawrence Berkeley National Laboratory) y sus colegas. El artículo que resume los hallazgos apareció en Universe Today el 11 de agosto de 2026.

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